Ella dijo:
- ¿Qué esperas para venir a abrazarme y pedirme que me quede contigo...?
Te diré que sí.
Que te tomaste demasiado tiempo en pedírmelo.
Te diré que te esperaba, creyéndote imposible.
Que me da tanto gusto que vinieras, y que no hay tiempo qué perder.
No hay tiempo qué perder,
sólo oportunidades.
jueves, octubre 15, 2009
jueves, febrero 05, 2009
Estas próximas elecciones...

Y aquí están las razones mejor explicadas por mi monero favorito:
http://edgarclement.blogspot.com/2009/02/estas-proximas-elecciones.html
Pónganlo en su blog si están de acuerdo.
Un abrazo.
lunes, junio 16, 2008
Ésta es la buena (cuento)
Ésta es la buena
Cuando mi abuelo me mandó a traerle la muerte, no supe dónde ir a buscarla. Pero no dudé en salir corriendo porque el tiempo lo era todo: su enfermedad lo carcomía lentamente y cada segundo era un aguijonazo de dolor. Sólo hasta ahí llegaba mi conocimiento del asunto, y mi entendimiento de 8 años de edad.
Siempre me bromeaban diciendo que, como era muy lento para hacer las cosas, me escogerían a mí para traerles la muerte. La verdad es que nunca entendí la broma sino hasta años después, ya más grande; en ese entonces sólo intuía la burla por los gestos y la risita consecuente del bromista. Sin embargo, yo sabía que mi abuelo estaba hablando en serio cuando sacó su brazo antes escondido bajo la cobija, colocó su delgada mano sobre mi hombro derecho y musitó:
- Francisco, ve a traerme la muerte mi’hijito…
De inmediato supe que iba en serio: me había llamado Francisco y no Paquito o Panchito, como a veces me decía jugando. Además, yo sabía que le dolía y que aunque todos insistieran en darle su medicina, él ya se quería morir. Entonces dije sí abue, y salí corriendo sin hacer caso al “¡espérate!” de mi madre. Pero al llegar a la calle me detuve súbitamente. ¿Dónde iba yo a encontrar a la Muerte?
Cuando mi abuelo me mandó a traerle la muerte, no supe dónde ir a buscarla. Pero no dudé en salir corriendo porque el tiempo lo era todo: su enfermedad lo carcomía lentamente y cada segundo era un aguijonazo de dolor. Sólo hasta ahí llegaba mi conocimiento del asunto, y mi entendimiento de 8 años de edad.
Siempre me bromeaban diciendo que, como era muy lento para hacer las cosas, me escogerían a mí para traerles la muerte. La verdad es que nunca entendí la broma sino hasta años después, ya más grande; en ese entonces sólo intuía la burla por los gestos y la risita consecuente del bromista. Sin embargo, yo sabía que mi abuelo estaba hablando en serio cuando sacó su brazo antes escondido bajo la cobija, colocó su delgada mano sobre mi hombro derecho y musitó:
- Francisco, ve a traerme la muerte mi’hijito…
De inmediato supe que iba en serio: me había llamado Francisco y no Paquito o Panchito, como a veces me decía jugando. Además, yo sabía que le dolía y que aunque todos insistieran en darle su medicina, él ya se quería morir. Entonces dije sí abue, y salí corriendo sin hacer caso al “¡espérate!” de mi madre. Pero al llegar a la calle me detuve súbitamente. ¿Dónde iba yo a encontrar a la Muerte?
Caminé hacia el único sitio que se me ocurrió: la carnicería. Si pensaba en muerte, pensaba en la sangre, las tripas y las cabezas de puerco que tenía el carnicero sobre la fría loza del negocio cada vez que me mandaban a comprar. En un papel me escribían lo que querían para la comida: un kilo, dos kilos, medio kilo de algo horrible y sanguinolento que me comía a fuerzas más tarde. “Ahí tienes” me alargaba la bolsa el carnicero: a veces había ahí cabezas de pollo, o patas todavía con las uñas. Todo muerto.
- ¿Se encuentra la Muerte? – pregunté. Estaba tan chico, recuerdo, que apenas y me sobresalía la mitad superior de la cara por encima de la barra blanca de la carnicería. El hombretón del negocio, el carnicero, al que por cierto le faltaba un pedazo del dedo chiquito izquierdo, se asomó con una gesto entre sorprendido y divertido.
- ¿Qué dices? ¿Que si se encuentra quién?
- La muerte… señor.
- Ah qué caray. Deja de andar molestando – dijo, empezando a reírse y dirigiéndose a despachar a una señora que se santiguó al voltear a verme.
Si no estaba ahí entonces no sabía dónde y, mientras hacía un esfuerzo por pensar en otro lugar, seguí caminando sin rumbo exacto. Así estuve como 10 minutos hasta que, al levantar los ojos, la vi.
Estaba saliendo de una casa vieja. Vestía de negro a pesar del calor y no sudaba. Estaba pálida, pálida, y caminaba con lentitud. Corrí hasta que la alcancé y le jaloneé la túnica.
- ¡Es por acá! ¡Para el otro lado!
Giró, bajó el rostro para verme y sus ojos pardos se entornaron levemente.
- ¿Y tú de dónde saliste? – murmuró para sí.
- Mi abuelito se está muriendo – dije, tímidamente. Era difícil hablarle sin un poco de miedo.
- Sí, en este momento muchos abuelitos se mueren – respondió cansinamente - ¿tienes idea de cuántos niños vienen a pedirme que no me los lleve?
- ¡No! Si lo que yo quiero es que se lo lleve… por favor.
Pareció sorprenderse.
- ¿Ah, si? Vaya… en los pleitos familiares yo no me meto. Allá arréglense ustedes, con permiso.
- No nos peleamos, ¡yo lo quiero mucho! Él es el que ya se quiere morir y me mandó por usted.
- Ah… eres de esos niños lentos. Sí, ya me han enviado varios. ¿Hace cuánto te mandaron? Bueno, no importa, de todos modos no es cuando ellos quieran, sino cuando debe ser. Te regresas y le dices eso, ¿si? En caso de que yo llegue antes que tú no te preocupes, yo le digo que cumpliste sus órdenes. Con permiso.
- ¡Me acaba de mandar! – exclamé, comenzando a llorar de frustración. No sé si la Muerte pueda compadecerse, pero pareció interesarse por mis lágrimas y su voz sonó menos cavernosa cuando me puso la mano fría en la cabeza.
- Bueno, ya, ya. ¿Quién es tu abuelo? ¿Qué urgencia tiene en morirse? Toma, sécate los mocos – agregó dándome un pañuelo viejo y con olor a creolina.
- Se llama Faustino, pero le decimos Tino – murmuré entre sollozos – y tiene una enfermedad que se lo está comiendo de a poco. Le duele mucho y…
- ¿Faustino qué? – preguntó la Muerte, como si se acordara de algo.
- Alfaro.
Quitó la mano de mi cabeza, casi me arrancó de las manos el pañuelo (sin reparar en los mocos) y puso los brazos en jarras, con indignación.
-¡Faustino Alfaro! ¡Ahora sí se quiere morir el señor! – me miró – Pues dile que no es cuando él quiera, faltaba más.
Me sentí profundamente compungido, sin saber qué decir para convencerle de la urgencia de la situación. Y entonces dije lo único que se me ocurrió:
- Lléveme a mí junto con él.
- ¿Perdón?
- Si. Nos morimos los dos. Como los miércoles del cine. ¿Le gustaría? Dice mi mamá que son mejores dos que uno. Pero vamos, es por allá, rápido.
Supongo que el ruido que emitió fue una especie de risa porque su boca medio se torció como sonriendo.
- ¿Y yo para qué te quiero? Además, todavía no te toca. Falta. Mira, a mí no me pagan por la cantidad, es más, ni me pagan. Todo debe ser conforme al plan, y en el plan tú no entras todavía, ni tu abuelo.
- ¡Pero le duele mucho! – insistí, jalando su túnica negra inconscientemente.
La Muerte echó la mirada hacia arriba y se sentó pesadamente en la acera mientras que, con el mismo pañuelo que me había ofrecido (de nuevo sin importarle mis mocos), hacía como que se secaba el sudor de la frente. Digo “hacía” porque repito, no sudaba. Encorvó los hombros, volteó a verme.
- ¿Sabes por qué sigue vivo?
- No
- Bueno – suspiró – sucede que hace muchos años, cuando tu abuelo era un chamaco de dieciséis, se atoró en un agujero. Pasó ahí tres días sin probar alimento ni agua. Cuando fui a verlo me reconoció y me dijo que no quería irse conmigo; me apostó sobre su futuro cadáver que iban a encontrarlo pronto y que lo dejara aguantar un poco más. Como lo vi tan decidido lo dejé, sólo por curiosidad, porque yo sabía que había llegado su hora. Me senté a su lado a esperar y, efectivamente, en un rato lo rescataron. Cuando se recuperó lo suficiente para poder hablar fui a verlo a su casa. “Tú estás aquí de a gratis. Ya vámonos” le dije, pero se negó nuevamente alegando que había ganado la apuesta: lo habían rescatado y por tanto debía dejarlo vivir. “Yo no decido la vida” le aclaré “yo sólo conduzco a la otra. Pero está bien, quién sabe por qué, pero ganaste tu apuesta; sólo puedo prometerte que no te irás conmigo hoy. Pero podría ser mañana, o dentro de un año, nomás cae en otro agujero y ya verás”. Testarudo como es, se metió en muchos problemas y puso en peligro su vida tantas veces que ya no puedo llevar la cuenta. Cada una de ellas yo volvía a visitarlo para llevármelo pero milagrosamente se recuperaba en el último momento, no sin antes haberme apostado su cadáver a ello. Yo, sin poder creer que tanta suerte fuera posible, siempre le daba mi palabra de esperar a ver su si su apuesta se cumplía. Pero…sucedió que tanta suerte no era gratuita, y por eso enfermó tan dolorosamente. Si no mal recuerdo… ya lleva así 5 años.
- Sí – murmuré sorprendido por la historia. Eso explicaba por qué el abuelo había sido tan descuidado con su salud antes de caer tan enfermo.
- Bueno, pues al parecer todavía no paga su penitencia. Tendrá que permanecer así un tiempo más. No tengo marcada ninguna nueva visita para él.
Bajé la mirada, nublada por restos de lágrimas. ¿Cómo era posible que el abuelo estuviera envuelto en tanto dolor y aún así no estar programado para morir? ¿Quién programaba esas cosas si no era la Muerte? Y fuera quien fuera, ¿podría cometer errores de vez en cuando?
- Pero… - pensé en voz alta - todas las otras visitas que le hizo antes fueron en balde. ¿Qué tal si ésta es la buena?
Carraspeó. Sacudió negativamente la cabeza como si quisiera evitar algún pensamiento y, finalmente, su voz cavernosa tembló diciendo: - Eso es imposible. No hay equivocaciones en el plan.
- ¿Entonces por qué nunca pudo llevárselo antes, cuando sí estaba planeado?
Silencio. Sonreí. Había dado en el clavo. El pálido semblante de la Muerte se puso aún más pálido si cabe. Su inexpresivo rostro intentó varios gestos que no le salieron como quería porque terminó arqueando las cejas solamente. Pensó uno, dos minutos. Se mordió una uña. Volvió a usar el pañuelo. Arrugó los ojos y por fin:
- Quizá valga la pena ir a darle una vueltecita – dijo suspirando, levantándose, sacudiéndose la túnica - ¿Por dónde?
Creí que habría problemas al volver, pero no fue así. Misteriosamente me ahorré el problema de presentar a la extraña visita como la Muerte porque todos la recibieron llamándole “Doctor”. “Al fin llega, doctorcito” le decían, conduciéndole a la habitación del abuelo. Pidió que los dejaran solos y todos se retiraron: pero yo me escabullí hasta pegar la oreja en la puerta y escuché vagamente su conversación.
- ¿Ahora sí ya?
- Ahora sí. De veras.
- ¿No quieres apostar de nuevo tu cadáver a que te quedas?
- No. Sin apuestas, llévame.
- Bueno.
Sin embargo, creo que la Muerte esperó un rato a ver si nada los interrumpía porque salió media hora después de que el silencio inundó la habitación. Al abrir la puerta me encontró a mí, todavía atento a los acontecimientos.
- Ya – me dijo.
- ¿Seguro?
- Seguro. Cero milagros. Le dolió un poquito, pero fue rápido.
Me sentí un poco triste, pero aliviado. Ya estaba descansando el abuelo, ahora sí. Le sonreí a la Muerte y ella lo intentó también pero sólo logró torcer un poco la boca.
Antes de que se fuera le invité un agua de limón porque se veía cansada (aunque insisto: no sudaba). Cuando partió todavía no le avisaba a mi familia del deceso del abuelo. Me pidió que lo hiciera yo.
- ¿Y cómo?
- Como es.
Y se fue, caminando un poco aprisa porque ya le había quitado yo tiempo al intentar convencerla y estaba retrasada.
- Nos vemos – le grité cuando estaba como a una cuadra de la puerta.
- Falta – me dijo desde lejos – pero no te confíes como tu abuelo. Se cerraron las apuestas. Por lo tanto tú no mandes a nadie a buscarme que yo sabré venir. No es cuando quieran, faltaba más.
Todavía de grande la volví a ver en algunas ocasiones, porque me hice médico. La encontraba husmeando en los pasillos del hospital, perdida, buscando algún cuarto. La orientaba lo que podía y nunca le pedí otro favor como aquella vez, a excepción de cuando murió un amigo muy querido y le supliqué unos minutos para despedirme. Sacó su pañuelo (supongo que ya libre de mocos) y con su ademán de secarse el sudor salió del cuarto, esperándonos afuera.
- Perdona la espera – le dije, secándome las lágrimas – era como mi hermano.
- No te preocupes – sonó su voz grave. Hizo una pausa y luego, mirándome, me preguntó: - ¿quieres saber cuándo vendré a verte?
- No – respondí sin dudarlo- Gracias.
De nuevo torció su intento de sonrisa – Cuídate – finalizó seriamente y, desde entonces, ya no la he vuelto a ver.
domingo, junio 08, 2008
Líneas de la mano

Disfruto mucho dibujar. No sé exactamente por qué pero, ¿quién sabe con exactitud por qué disfruta algo y otras cosas no? Algunas cosas de la vida así son: inexplicables, o así deberían de ser.
Un amigo dice que dibujar es conocer, refiriéndose a que entre mejor conoces una cosa, mejor puedes dibujarla o desdibujarla si quieres (o eso fue lo que entendí de su frase). Para mí se trata de eso, pero a la vez de desconocer. Sé dibujar ojos, pero los ojos que dibujo nunca los había visto antes -ni en mi imaginación- antes de dibujarlos: al trazar la línea veo el lugar en el que va la siguiente, pero no como si lo imaginara, sino como si ya supiera que va ahí porque no puede ir en otro lado. Me cuesta imaginar con claridad lo que voy a dibujar, a decir verdad jamás he podido dibujar algo tal cual lo haya imaginado, de forma que pueda decir: así, así es como lo veía en mi cabeza. No sé si me explique, o si esté equivocada, pero así lo siento.
Esa es la razón por la cual a veces me gustan tanto mis dibujos: porque es como si no salieran de mi mano, como si no los hiciera yo: me gustan por como son, como si nacieran solos y por gusto se quedaran conmigo. Son como personas a quienes acabo de conocer, y a quienes vuelvo a ver después de largo tiempo y les noto que han cambiado. Expresan mucho de mí, pero no son como míos a pesar de llamarlos míos; una vez hechos, se me van. ¿Es esto como una amistad?
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